POSEIDÓN de FRANZ KAFKA. 1883-1924
Poseidón estaba sentado
ante su escritorio, haciendo cuentas. La administración de todas las aguas le
daba enorme trabajo. Podría haber tenido auxiliares, todos los que quisiera (y
los tenía en gran número), pero desde que tomó su trabajo con la mayor
seriedad, terminó revisando todos los números y cálculos por sí mismo, y en
esta tarea sus auxiliares constituían una
muy pobre ayuda.
No se podría decir que
su trabajo le gustara; lo hacía sólo porque le había sido asignado: Ya había
pedido un cambio, un trabajo más movido, pero cada vez que le habían ofrecido
uno diferente se convenció de que en realidad, lo mejor para él era su situación
actual. Además, resultaba bastante difícil encontrar un trabajo distinto para
Poseidón. No era posible asignarlo a un mar particular; dejando de lado el
hecho de que en ese caso su trabajo solo disminuiría en cantidad, el gran Poseidón
solo podría, en esa situación, ocupar un cargo jerárquico. Y cuando se le ofrecía
un trabajo lejos del agua, la sola idea lo enfermaba, su divina respiración se alteraba,
y su pecho de bronce comenzaba a palpitar.
Por lo demás, sus quejas
no eran verdaderamente tomadas en serio; cundo uno de los poderosos se pone
fastidioso, lo corriente es hacer esfuerzos aparentes para tranquilizarlo.
En realidad era
imposible imaginar un cambio de destino para Poseidón: Había sido Dios del mar
desde el comienzo y en ese puesto tenía que seguir.
Lo que más lo exasperaba
(y era el motivo principal de su insatisfacción por el trabajo) era conocer las
ideas que se tenían de él: Como si siempre estuviera surcando las ondas con su
tridente, cuando en realidad, permanecía sentado allí, en las profundidades,
haciendo cuentas interminablemente, rompiendo de vez en cuando esa melancolía con
alguna visita a Júpiter; visita, por lo demás, de la que generalmente regresaba
enfurecido. De modo que casi no había visto el mar; solo lo había contemplado
fugazmente en alguno de sus apurados ascensos al Olimpo y jamás había viajado recorriéndolo.
Solía decir que lo que él aguardaba era el fin del mundo, cuando, probablemente
se le concedería un momento de tranquilidad durante el cual justo antes del
fin, y después de haber controlado la última hilera de números, le sería imposible hacer un rápido viajecito.
Poseidón termino por
aburrirse de su mar. Dejó caer el tridente. Se sentó en silencio en la costa rocosa.
Una gaviota,
amedrantada por su presencia, volaba en círculos alrededor de su cabeza.