Azul Cobalto
El autobús se distinguía por ser
el de todos los días, en el mismo horario y con igual destino. La mujer de
andar lento, figura magra y rostro anguloso no era una extraña en la estación,
porque a diario con su voz disminuida encargaba a los viajeros, que en su
mayoría se desplazaban en un viaje de ida y vuelta, algún objeto pues el fácil
asentimiento y el agrado con que le atendían lograba que por unos minutos se
sintiera importante.
Esta mujer, de edad difícil de
adivinar a simple vista, daba la impresión de que los años vividos pasaron por
ella sin romperla ni mancharla. Parecía incapaz de ser ese tipo de persona que
despierta o siente grandes pasiones. Todos creían conocerla, pero no eran
capaces de recordar el color de sus ojos. La rutina, esa rutina que muele y
avasalla, entró en su vida y la minimizó hasta el punto de anularla como
persona.
Yo la odiaba, no podía entender
porqué la gente era reacia a contestar con una negativa sus peticiones. Esa
vieja impertinente y cansona debía quedarse en su casa, sola o con su familia,
y no tener por oficio interrumpir conversaciones con sus saludos cariñosos
mientras recorría lo largo y ancho de la estación.
Rogaba para que jamás se
dirigiera a mí. No estaba dispuesto a aceptar sus requerimientos: con un “hasta aquí”, pondría fin a su necedad.
Mi exasperación llegaba a su punto máximo cuando la veía abrir y cerrar su
cartera sin poder disimular sus compulsivos movimientos, al fingir buscar algo
entre papeles, llaveros y un pequeño libro que jamás abrió. Doblaba y
desdoblaba un pañuelo nunca utilizado al acercarlo a su nariz con el gesto de
quien aspira un aroma inolvidable.
Logré evadirla hasta hoy. Fui atrapado
cuando aparentaba encontrarme absorto en la lectura de una revista.
“Moncho, Ramoncito, Memo, sé que te conozco. Voy a solicitarte un favor.
Espero no te niegues: necesito seis madejas de hilo para bordar punto en cruz,
color azul cobalto, referencia cero treinta y tres. Aquí no consigo ese tono,
cuento contigo; de antemano te lo agradezco.”
No contesté con palabras, me
equivoqué al pensar que mi visible gesto de desagrado, sería suficiente. Me
miró de una manera fija y curiosa a la vez, mientras yo esperaba que la tierra
se abriera y se tragara a esa vieja tan odiosa, o me tragara a mí para no verla
más. Nada de esto ocurrió, recibí furioso, de mala gana, un billete sin
dobleces y la nota con el encargo anotado con letra clara y uniforme que no
permitía margen de error. La ira no me dejó abrir la boca.
No pasé un buen día, mi estado de
ánimo se exaltó al pensar porqué esa vieja me llamó con los diminutivos que
sólo mis padres y familia cercana utilizaban en mi infancia. No recordaba esos
años, que de pronto saltaban sobre mí cual fiera agazapada para devorarme.
Podía verme con los pantalones mojados el día en que sentí terror ante el robot
enorme que en una navidad me regalaron, la dificultad para aprender a leer,
escribir y conocer los números que me llevó a aborrecer el colegio, los
maestros y condiscípulos más aventajados. El miedo a los deportes, que me
enfermó para no participar en ellos. Gané fama de enclenque y se burlaban de
mí. Al ser llamado de esta forma recordé el juego, la risa, la camaradería.
Llegaron voces, rostros y lugares relacionados con otra persona que estaba
seguro no era yo, aunque me sentía dueño de su pasado. ¿Qué tenía que ver esa
maldita vieja con el niño que fui y con el Ramón que soy ahora? Tengo fama de
malgeniado, de arisco y de grosero. Hay momentos en que ni yo me soporto, no me
siento cercano a ese niño triste y solitario que hoy reclama su presente en mi
vida con un “aquí estoy”. Recordé una
frase que leí en alguna ocasión: “Cualquier
destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento,
el momento en que el hombre sabe en realidad quién es.”
Mi odio hacia esa vieja creció
más y más. Decidí no llevar el encargo para que no volviera a molestar. De
pronto en un resquicio de mi memoria apareció como en una antigua foto color
sepia un niño de expresión tímida acompañado de una bella mujer dueña de una
sonrisa iluminada, ojos amigos y quien con voz dulce y cantarina parecía
murmurarle al oído: “no temas, nada malo
sucederá, ten confianza en tí mismo, yo
te amo.” Salí del terreno de lo irreal y corrí ya sobre la hora a comprar
las madejas de color azul cobalto. Dormí en el viaje de regreso y al bajar del
autobús la vi sentada en una banca, con la cartera entre las manos inquietas y
ansiosas. Al verme se acercó mientras le oí decir: “no me digas nada, ya sé: olvidaste lo que te encargué, tranquilo, no ha
pasado nada…” En su congoja comprendí que sabía de mi odio, de mi desprecio
y vacilación. Dio vuelta y se marchó.
Quedé paralizado; ya no la odiaba.
Traté de correr tras ella para entregarle su pedido. No fui capaz: la cobardía,
la vergüenza y el abrumador fardo de la nostalgia me lo impidieron.
Rosa Peñaranda
Castillo. Autora.
21 de junio de 2012. Miembro Fundador, Grupo
Literario “El Edén” Barranquilla Colombia