viernes, 8 de mayo de 2020

El último fumador

Después que Bienvenido Suarez, hizo cuenta en su pequeña sumadora de la cantidad de cigarrillos que había consumido en su vida. Dos cosas le atormentaron en ese momento: Encender el ultimo cigarrillo de todos los que había guardado y la certeza de que pronto iba a morir. Pues de sus 55 años vividos, una tercera parte se había esfumado con el humo.

Su rostro pálido y arrugado daba muestras al parecer de una vejez prematura.

Semanas antes, las autoridades sanitarias del distrito donde vivía, expidieron un decreto que prohibía la venta y consumo de tabaco. La violación a la norma sería castigada con una alta suma de dinero, cierre total de los establecimientos y pena carcelaria al infractor. La medida fue tomada a raíz de los altos indices de muerte.

Suarez, al intuir que pronto vendría la escasez y con ello una inminente avalancha especulativa, compró una cantidad considerable de provisión, mientras todo llegaba a la normalidad. -Según sus palabras-.

Pero los meses transcurrieron, sin que fuera levantada la medida y para colmo, el decreto fue convertido en ley. Informado de la situación y viendo como disminuía la existencia que había guardado celosamente en el techo de su casa, Suarez cayó en una crisis nerviosa, razón para que fuera remitido a una clínica de reposo.

Recuperado, decidió llevar a la práctica, la idea que había cocinado durante el tiempo que estuvo recluido: "estos miserables burócratas de doble moral, no se saldrán con la suya" - comentó a sus amigos-.

Entonces organizó el "Frente Común de Fumadores", arrastrando a millares de inconformes, quienes hervían al escuchar las arengas de aquel improvisado agitador.

Por aquellos momentos, la ciudad estaba en caos. La clase obrera, la masa estudiantil, industriales, comerciantes, y uno que otros infiltrados, se habían unido a la causa. El alcalde, en vista  que el problema se agravaba, y se le  salia de las manos, sacó a la calle  la fuerza publica, para controlar a los revoltosos. ¿El resultado?: Suarez fue detenido por el delito de sedición.

De regreso en casa, la familia, en cabeza de su esposa, le pidieron dejara de luchar por aquella "estéril aventura" y era más urgente  visitar  un oncólogo, ya que podía estar enfermo por su adicción al tabaco.

La reprimenda lo puso a pensar; "¿y si tengo cáncer pulmonar, que será de mi y de mi familia?". A regañadientes se hizo examinar.

Pocos días después, había llegado la hora de saber la verdad, sentado y ansioso esperaba el resultado frente a la ventanilla del hospital.

Los minutos eran eternos para Suarez. A su lado vio pasar  dos hombres que iban acostados en diferentes camillas. Uno llevaba un tubo grande de oxigeno, conectado a una mascara para respirar. El otro, mostrando un dolor tormentoso, emitía gritos como alaridos que retumbaban en las paredes del pasillo. La siniestra escena, capaz de conmover al mas apacible de los humanos, tanto lo compungió que no tuvo el valor para esperar los resultados.

Próximo a cruzar la carretera, Suarez con los ojos acuosos y la mirada extraviada, parecía ignorar las incesantes hileras de vehículos que se desplazaban a gran velocidad; aun llevaba en sus dedos temblorosos el ultimo cigarrillo que a él, y a la ciudad le quedaba.

"Déjalo ahí", dijo una mujer con voz sollozante al enfermero, quien lento empujaba una silla de ruedas. Entonces, Suarez con el rostro hundido sobre su pecho, quizás recordaría el primer cigarrillo que fumó en su adolescencia.

Sobre el escritorio del despacho del hospital, unos diagnósticos decían: Paciente con paredes negras en los pulmones; el otro: Paciente con esquema cerebral.


Autor: Orlando Logreira Z. Miembro fundador del grupo literario "El Edén" Barranquilla Colombia.

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