He imaginado su muerte de distintas maneras, y lo más placentero: Todas ejecutadas con mis manos.Disfruté al verlo con la desesperación de quien bajo el agua lucha por su vida, lo sentí temblar cuando el fuego lo cocinaba al visualizarlo como una ternera a la llanera. En varias ocasiones me sentí feliz al despojarlo de su colorido ropaje y gocé mucho más al hacerlo de manera lenta, paso a paso, hasta dejarlo en su indefensa desnudez al no poder defenderse con su parloteo, de la verguenza y el ridiculo. Su garritar repetido y monocorde ha sido la principal razón para que en la vigilia o en el sueño, con la impresión de que todo es real,lo sienta morir entre mis manos con un pataleo inutil.
Rupertino fue la ultima adquisición de los Altamira Alandete, quienes llegaron al vecindario procedentes de Medio Paso y hoy son mis vecinos. Ademàs de sus muebles y enseres, trajeron una especie de Arca de Noé, con palomas en su palomar; un gallo que no nos permite conciliar el sueño; las gallinas con su incansable cacareo; los perros anunciando con sus ladridos toda clase de presencias; los maullidos del gato llamado El Mono, que confundimos con un integrante de la familia; una pajarera con aves canoras y bellas; un acuario con peces inquietos de distintas características; y veinte morrocollas que no molestan a nadie.
Todo lo han remodelado. Desde que se mudaron hasta la fecha, los trabajadores entran y salen a cualquier hora y Rupertino que todo lo observa, habla, silva, canta, chifla, llora, ríe, fuera de un generoso surtido de palabras groseras que utiliza según la ocasión. También acompaña, a veces más entonado que ellos, a los cantantes de las papayeras, conjuntos vallenatos y grupos de millo que algunos sabados amenizan las parrandas, junto a los golpes de las fichas de dominó y los gritos de los jugadores cuando ahorcan el doble seis al ritmo de la musica de turno.
Nos hemos acostumbrado a esto gracias a las novenas realizadas a la Divina Misericordia y las charlas de convivencia y respeto que escuchamos en el Salon Parroquial. Pero Rupertino es otra cosa. Ese pajarraco, que hace sentir tan ufanos a los Altamira Alandete, quienes no se cansan de repetir lo fino que es ese loro, porque tiene el pico blanco y una especie de mechón parecido a una hirsuta cresta, que para ellos es la garantía de su sangre azul. Ese Rupertino, ese Rupertino, me enferma, no lo soporto.
Se jactan al enumerar el salmódico repertorio de ese pajarraco: ¡Doctor, doctor! ¡me muero doctor!, ¡yo soy Ruperrrr!, ¿dònde está mi comida, ah? Y los dueños se creen en lo alto de la ola cuando explican que el señor Altamira llegó una vez pasado de copas y al no encontrar su comida sobre la mesa gritó: ¿Dónde está mi comida ah?. Rupertino desde ese momento incluyó esta pregunta al lado de: Ñerda Junior, perdiste otra vez, ¿Dónde está mi comida ah?, ¡Ruper, Ruper!, ¡doctor, doctor, me muero doctor!. Este bla bla bla, escuchado durante veinte horas diarias me tiene enloquecida. Sólo pienso en ver ante mí el cadáver de Rupertino.
Esta mañana al escuchar las voces de grandes y chicos, al gallo a las gallinas, los perros, el gato ladino no maulló, las palomas no salieron del palomar y el nombre de ¡Rupertino, Rupertino! repetido a gritos, me hicieron pensar que se había escapado, luego concluí en que ese animal podía tener todos los defectos pero no tenia nada de ingrato y nada de bobo, él sabía que estaba cobijado bajo un buen árbol, y los Altamira Alandete lo adoraban. Puede decirse que era el escudo de la familia.
Me siento triste, porque después de seis meses de soñar y planear al borde de la desesperaciòn por el garrir interminable de ese loro con su saboreada muerte entre mis manos, amaneció tieso dentro de su jaula que permanece asegurada con un fuerte candado. Asombra que ese peligroso pajarraco que con su pico blanco destruía los alambres más gruesos, las mallas más garantizadas, que solo el hierro pudo detener, amaneciera muerto sin sus preciosas plumas que los Altamira Alandete jamás tocaron porque las garras de este pequeño monstruo gritón no se los permitía. Lo curioso es que no se encontró una sola de ellas en los alrededores. Parece increible, pero una inesperada lagrima se deslizó veloz por mi mejilla derecha ( el lagrimal izquierdo lo tengo obstruido) ante el desnudo cuerpo de Rupertino. ¿muerto él, en quien descargaré mi odio y mi amargura?. Pensé en lo cierto de aquella frase: "Cuando el enemigo desaparece lo extrañamos".
Con incontrolable curiosidad arrimé la escalera metalica a la paredilla y posesionada de mi mejor rol de actriz frustrada, con la falsedad a flor de piel pregunté: "¿Qué le pasó al lorito?" Casi no reconocí mi voz, tenía una entonación tan dolida y tan preocupada que creí en la otra Rosa, el otro que todos llevamos dentro. La abuela Altamira respondió: "Vecina sabemos cuanto quería usted a Rupertino. Siempre preguntaba por él, nos venimos del pueblo para salvarlo, él la adoraba aunque usted no lo crea. No lo notó pero algunas veces él decía: ¡Rosa, Rosa!, ¡Ruper, Ruper!, a los loros les fascinan los nombres con R" ."Como le decía, estoy segura que la bruja del pueblo que no lo pudo matar allá porque salimos a tiempo, por medio de un hechizo o una brujería lo mató anoche y se llevó las plumas; esa bruja es de las buenas, pero yo sé que las brujas buenas en su oficio viven y mueren arruinadas. Créame por pura envidia lo mató. Yo también tengo mis secretos al igual que usted, le aseguro que esto no se queda así". Luego musitó: " ¡Te lo juro Rupertino!"
No sé si reír o llorar al saberme inocente de la muerte de ese pajarraco. No conozco a la bruja del pueblo, pero la voz y la actitud de la abuela Altamira me preocupan, eso de que tiene sus secretos y cree que yo tengo los míos es serio. De brujas es mejor no saber. Esto lo pienso mientras bajo de la escalera. Entro a la casa y al pasar por la cocina, me parece ver el piso vestido con plumas verdes, rojas y amarillas de diferentes tamaños y escuchar el conocido garrir: "¡ Rosa, Rosa!, ¡ Ruper, Ruper!, ¡doctor, doctor, me muero doctor...!".
ROSA PEÑARANDA CASTILLO, autora, miembro fundadora del grupo literario El Edén. Barranquilla Colombia. .
Nuevamente Rosita,nos sorprende con otra obra literaria, en el cuento Rupertino, realiza un cambio radical, ahora ya no es una simple relatora de los hechos y del drama, sinó que forma parte directa de la acción.Este cuento que más parece una historia, nos muestra una faceta desconocida de la autora, quien inicia el drama con ese deseo subjetivo de ver muerto a Rupertino sintiéndolo con tanta intensidad que parece real, pero la trama se enreda más cuando al final su deseo inicial se cumple pero siente un vacío dentro de sí,pues ya no desea su muerte.La muerte en sí del animal no es nada sorprendente, pues todo lo que nace un día habrá de morir.Pero como se explica que se haya encontrado muerto dentro de su jaula completamente desnudo de su bello plumaje cuando la puerta tenía un candado puesto? Como se explica esa muerte real de la misma manera que la imaginada por la autora? Que quiso decir la propietaria, con que usted tiene sus secretos? Acaso de verdad pudo existir un vínculo entre la bruja y la autora? O estás dos personas se confunden en una misma?.Solo la genialidad y la pluma audaz de la autora puede llevarnos a este laberinto lleno de interrogantes, donde la ficción se une a la realidad y como las circunstancias pueden sacar lo mejor y lo peor de todos nosotros.
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