viernes, 2 de agosto de 2013

LOS AUSENTES


Hay ausentes que rondan nuestra casa
            sin intención de hacernos daño

Intangibles, susurran las palabras para no
gritar que llevan en el alma el triste estigma del frío.

Hay ausentes que son como esos cirios;
nos dan su calidez, su luz, su abrigo;
otros con hondas cicatrices....de saber
      que han caído en el olvido.


ORLANDO  LOGREIRA.  Z.  Autor, Miembro Grupo Literario “El Edén”  Barranquilla Colombia.(Este poema fue publicado en el No.6 de la revista POEMARIO, de la Sociedad Hermanos de la Caridad.





domingo, 7 de julio de 2013

AZUL COBALTO

Azul Cobalto
El autobús se distinguía por ser el de todos los días, en el mismo horario y con igual destino. La mujer de andar lento, figura magra y rostro anguloso no era una extraña en la estación, porque a diario con su voz disminuida encargaba a los viajeros, que en su mayoría se desplazaban en un viaje de ida y vuelta, algún objeto pues el fácil asentimiento y el agrado con que le atendían lograba que por unos minutos se sintiera importante.

Esta mujer, de edad difícil de adivinar a simple vista, daba la impresión de que los años vividos pasaron por ella sin romperla ni mancharla. Parecía incapaz de ser ese tipo de persona que despierta o siente grandes pasiones. Todos creían conocerla, pero no eran capaces de recordar el color de sus ojos. La rutina, esa rutina que muele y avasalla, entró en su vida y la minimizó hasta el punto de anularla como persona.

Yo la odiaba, no podía entender porqué la gente era reacia a contestar con una negativa sus peticiones. Esa vieja impertinente y cansona debía quedarse en su casa, sola o con su familia, y no tener por oficio interrumpir conversaciones con sus saludos cariñosos mientras recorría lo largo y ancho de la estación.

Rogaba para que jamás se dirigiera a mí. No estaba dispuesto a aceptar sus requerimientos: con un “hasta aquí”, pondría fin a su necedad. Mi exasperación llegaba a su punto máximo cuando la veía abrir y cerrar su cartera sin poder disimular sus compulsivos movimientos, al fingir buscar algo entre papeles, llaveros y un pequeño libro que jamás abrió. Doblaba y desdoblaba un pañuelo nunca utilizado al acercarlo a su nariz con el gesto de quien aspira un aroma inolvidable.

Logré evadirla hasta hoy. Fui atrapado cuando aparentaba encontrarme absorto en la lectura de una revista.

“Moncho, Ramoncito, Memo, sé que te conozco. Voy a solicitarte un favor. Espero no te niegues: necesito seis madejas de hilo para bordar punto en cruz, color azul cobalto, referencia cero treinta y tres. Aquí no consigo ese tono, cuento contigo; de antemano te lo agradezco.”

No contesté con palabras, me equivoqué al pensar que mi visible gesto de desagrado, sería suficiente. Me miró de una manera fija y curiosa a la vez, mientras yo esperaba que la tierra se abriera y se tragara a esa vieja tan odiosa, o me tragara a mí para no verla más. Nada de esto ocurrió, recibí furioso, de mala gana, un billete sin dobleces y la nota con el encargo anotado con letra clara y uniforme que no permitía margen de error. La ira no me dejó abrir la boca.

No pasé un buen día, mi estado de ánimo se exaltó al pensar porqué esa vieja me llamó con los diminutivos que sólo mis padres y familia cercana utilizaban en mi infancia. No recordaba esos años, que de pronto saltaban sobre mí cual fiera agazapada para devorarme. Podía verme con los pantalones mojados el día en que sentí terror ante el robot enorme que en una navidad me regalaron, la dificultad para aprender a leer, escribir y conocer los números que me llevó a aborrecer el colegio, los maestros y condiscípulos más aventajados. El miedo a los deportes, que me enfermó para no participar en ellos. Gané fama de enclenque y se burlaban de mí. Al ser llamado de esta forma recordé el juego, la risa, la camaradería. Llegaron voces, rostros y lugares relacionados con otra persona que estaba seguro no era yo, aunque me sentía dueño de su pasado. ¿Qué tenía que ver esa maldita vieja con el niño que fui y con el Ramón que soy ahora? Tengo fama de malgeniado, de arisco y de grosero. Hay momentos en que ni yo me soporto, no me siento cercano a ese niño triste y solitario que hoy reclama su presente en mi vida con un “aquí estoy”. Recordé una frase que leí en alguna ocasión: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento, el momento en que el hombre sabe en realidad quién es.”

Mi odio hacia esa vieja creció más y más. Decidí no llevar el encargo para que no volviera a molestar. De pronto en un resquicio de mi memoria apareció como en una antigua foto color sepia un niño de expresión tímida acompañado de una bella mujer dueña de una sonrisa iluminada, ojos amigos y quien con voz dulce y cantarina parecía murmurarle al oído: “no temas, nada malo sucederá, ten confianza en tí mismo, yo te amo.” Salí del terreno de lo irreal y corrí ya sobre la hora a comprar las madejas de color azul cobalto. Dormí en el viaje de regreso y al bajar del autobús la vi sentada en una banca, con la cartera entre las manos inquietas y ansiosas. Al verme se acercó mientras le oí decir: “no me digas nada, ya sé: olvidaste lo que te encargué, tranquilo, no ha pasado nada…” En su congoja comprendí que sabía de mi odio, de mi desprecio y vacilación. Dio vuelta y se marchó.

Quedé paralizado; ya no la odiaba. Traté de correr tras ella para entregarle su pedido. No fui capaz: la cobardía, la vergüenza y el abrumador fardo de la nostalgia me lo impidieron.

Rosa Peñaranda Castillo. Autora. 21 de junio de 2012. Miembro Fundador, Grupo Literario “El Edén” Barranquilla Colombia


viernes, 28 de junio de 2013

LA CASITA DE PAJA

Debajo de un frondoso ciruelo, Martin de 12 años, pidió a su abuelo que le contara la historia que le prometió tiempo atrás. El anciano, recostado sobre  su desvanecido taburete, se complacía con el fresco de los árboles,  y comenzó a narrar:

En un lugar de Barranquilla de la década del 60, de espaldas al Rio Magdalena, en la esquina de la calle almendra y el Callejón de Bocas de Ceniza, ubicada en el Barrio Rebolo, cuna del balompié colombiano, nació la hoy emblemática “Casita de Paja”. El origen de esta joya primitiva se remonta a los inicios del siglo XX, los antiguos dueños la vistieron de bahareque y paja de enea. Comenzó como una tienda cantina, y con el paso de los años sería considerada como uno de los principales salones de música en el género de la salsa en todo el litoral colombiano. Allí, a cambio de una moneda, un moderno traganiquel dejaba sonar los mejores ritmos del momento. Fue la hermosa época de “bohemios bacanes”, quienes los fines de semana amenizaban sus noctambulas reuniones al ritmo de guaracha, boleros, sones de merecumbes; y clanes juveniles imitaban a los galanes de cine de la época y en un rito de honor hacían respetar su territorio.

Allí surgió una encarnizada rivalidad entre los “Villalobos” y la “Cortina de hierro”. Existen dos versiones sobre el germen de esta enemistad: Una dice, que había sido por un partido de “bola é trapo” que termino en una escandalosa trifulca. La otra, se dice, que fue por una hermosa mujer. Justo por esos días apareció por la Casita de Paja un joven de aspecto gallardo, de cabello azabache y copete al estilo James Deán. Cuando llegó por primera vez al estadero quedó seducido por la magia del lugar. De ahí en adelante se convirtió en un infaltable visitante, y no era para menos, su calidad de bailarín lo hizo el favorito de los asistentes y expertos melómanos. Su nombre era Manrique.

En los días próximos al carnaval, Teresita Rivera, famosa modista del barrio, con preocupación le manifestó a Manrique que había escuchado sobre una presunta golpiza contra él. Manrique dio como respuesta que “ni en el Bronx Casino de Nueva York, lugar de brabucones, chulos y matones, ninguno me corrió y no hay razón para que aquí me esconda”.

Llego el domingo de carnaval. Un sol incandescente caía sobre la muchedumbre apostada sobre los sardineles de Bocas de Ceniza, que sin inmutarse ante los estridentes ruidos producidos por pitos, matracas, trompetas y tambores observaba el pletórico desfile de los disfraces y la simbólica y filosófica lucha entre la vida y la muerte , alegoría presentada por la Danza del Torito y el Congo Grande. Allí con sus puertas abiertas estaba como testigo, la Casita de Paja, fungiendo como actor principal.

Manrique, miembro de los “Villalobos”, había acordado con su clan, reunirse en el mágico estadero. Pero por razones que nadie conoce ellos nunca llegaron. Manrique decepcionado decidió pedir una botella de licor. Mientras en un rincón de la cantina, Gustavo Alcázar preparaba ron blanco con agua de coco, la efervescencia se había apoderado de la clientela al escuchar un lirico chande que más tarde sería considerado como himno del carnaval de Barranquilla: Te Olvidé, del inolvidable compositor José María Peñaloza. Culminada la melodía, en medio de la euforia, Manrique llamó a Alberto “el flaco” de la Hoz, administrador y  dueño de la Casita de Paja para que este lo complaciera con un tema musical llamado “la banda” de la orquesta Latín Soul de Nueva York. Al escuchar la melodía y su celestial coro, saltó de la silla, y con rápidos movimientos, leves contoneos de hombros y cadera, el bailarín hipnotizó a los presentes. Su camisa fucsia de satín pegada al cuerpo, sus zapatillas de charol, resplandecieron en los embelesados ojos de sus seguidores, de quienes recibió sonoros aplausos. El bailarín agotado regresó a su mesa. Ante él un hombre disfrazado de mono cuco, con agresiva actitud le exigió que bailara para él y sus amigos. Manrique ante la agria actitud del tipo se negó a la petición. Un integrante de la Danza del Torito, de apellido Ramos, al percatarse de la situación intentó en vano persuadir a Manrique para que saliera del lugar y de esa manera evitar un conflicto. El belicoso hombre, ante la negativa de Manrique se levantó de la mesa y con voz estruendosa gritó: “¡Al Sol!” Y sin más, de su colorido ropaje saco una guaya de acero y con cruento salvajismo atacó a Manrique asestándole golpes, como ráfagas que laceraban brazos, pecho y cara del indefenso bailarín (en esta parte del relato la voz del anciano se quebró y sus ojos se humedecieron). Todo sucedió tan rápido que nadie vio cuando el agresor huyó en compañía de sus compinches. El macerado Manrique, tendido en el suelo con el cuerpo lastimado, ahogaba la música con los gritos de dolor. Fue conducido al hospital de Barranquilla, en el microbús del turco Jorge, ante el asombro y desconsuelo de los parroquianos. Horas más tarde un enjambre de borrachos llegaron al establecimiento con la intención de continuar la farra, pero su dueño en solidaridad con Manrique solo permitió que sonaran boleros de la Sonora Matancera y de Roberto Ledesma.

El joven quedó conmovido por el relato del abuelo, y después de un silencio en que el anciano se perdió en recuerdos, preguntó: “Abuelo: ¿Quién le contó esa historia?” El abuelo tomó un poco de aire, con mirada fija se llevó la mano al rostro, trató de levantarse del taburete y respondió: “Hijo…Es que ese día, yo estaba ahí”.



ORLANDO LOGREIRA   (Autor, miembro del Grupo  Literario “El Edén”),Barranquilla Colombia. Este cuento fue publicado, en la  edición  No 70, de la revista El Misionero.                         

sábado, 22 de junio de 2013

OASIS

La palabra humildad viene del latín “humus”, que es la materia orgánica del suelo.

En lenguaje coloquial el humus es la buena tierra y humildad, es como andar con los pies sobre la tierra.

En otras palabras, bajar al Ego de las nubes y desterrar del todo la soberbia o el
orgullo.

Humildad es reconocer al mismo tiempo tus talentos y tus límites, tus logros y tus carencias
.
Jesús fue un maestro de sencillez y dijo a sus discípulos: “El primero entre vosotros sea vuestro servidor”. Mt 23,11.

Les dio ejemplo con su vida y se los grabó en la mente cuando les lavó los pies en la última cena.

Pero al Ego le encanta estar, no en el suelo, sino en el pedestal, llamar la atención, brillar y  dominar
.
  Sé consciente de eso, crece en sencillez y siéntete siempre un humilde instrumento de Dios.

Gonzalo Gallo.      (Columna diaria, periódico El País, de Cali)


jueves, 20 de junio de 2013

2.5.5.5.
Encontrarme sentado en posición flor de loto con esa niña me produjo desazón. Su piel nacarada transparentaba sus venas, senderos que me fueron conduciendo al interior alucinante del microcosmos;  masas que funcionan por si mismas, increíbles y oscuros vericuetos, intensos colores. El gris calculador; el rosado y precioso señuelo, el repugnante jalde. La efímera belleza sin relevancia alguna ante el universo infinito.

Fluía la vida en cadencia con el medio: estructuras metálicas, pisos brillantes, alrededores desérticos, sol canicular. Silencio y soledad. Un estado mental como el siguiente día de un insomnio o una resaca: Amarillento, traslucido, fastidioso.

Allí estábamos buscando un poco de sosiego, de serenidad ante la inminencia del fatal destino que solo conduce al mundo de lo infrangible. Entonces recurrí a la meditación del yoga, una sombra gigantesca empezó a cubrirnos como el abrazo de un monstruo  a la indefensa víctima.

Alguien grito espantosamente “¡ BEJUCO!” Era la señal. La adrenalina recorrió todo mi cuerpo. Sabia el significado de ese término en lenguaje cifrado, la B era el numero dos y la E el número cinco, las otras letras se podían acomodar de a dos pares adelante o atrás, se refería a una fecha, pero para qué estas elucubraciones, pensé, si de todos modos se llegaba a la conclusión de que más temprano o más tarde llegaría este apocalipsis.

De la misteriosa sombra surgía un zumbido aletargante. Mi corazón empezó a latir débilmente, con un leve dolor un tanto molesto. Se agolpaban en mi mente apartes de mi vida. Entre todo este maremágnum veía las portadas de los libros que fueron mis compañeros inseparables: “La Insoportable Levedad del Ser “, “Siddhartha”, “El Escarabajo Sagrado”. Trataba de encontrar una explicación metafísica. Nada. La realidad concluyente: Era la lógica del círculo vicioso de la vida y de la muerte.

Mi mente giraba sin control por el espacio; desnudo y abrazado con aquella niña. Compartir la suave calidez de su piel me sumía en un éxtasis.

Me acompañaban los preludios de Chopin.

 Un sueño placentero.

Todo lentamente se desvaneció….



LUIS ERNESTO GUTIERREZ AGUIRRE       (Autor, Mayo 2012)  

martes, 18 de junio de 2013

LA LLAMADA
Estaba desperezándome en la cama cuando sonó el teléfono, pensé dejar que timbrara  hasta que se cansara, pero la insistencia del timbre me obligó a descolgarlo. No podía presentir lo que me esperaba. La voz del otro lado era masculina y la asocie con la de un  amigo al que hace rato no veo ni conversamos, me emocione cuando me preguntó si era yo el que  estaba respondiéndole, le dije que sí, me dio un mensaje apresurado que  escuche atentamente, fue breve y conciso, se despidió y de inmediato colgó, no dándome tiempo de hacer comentario alguno. Colgué el auricular y medité,  ¿Quien me había llamado? Lo que me había dicho no tenía ningún sentido para mí, no se relacionaba con mi familia, ni el trabajo,  y no me dio tiempo de indagar para saber quien me llamaba.

Mi teléfono no tiene registro de llamadas por lo que no pude ver el numero ni verificar quien era el misterioso mensajero, me dije para tranquilizarme –debe ser una llamada equivocada--. En ese momento recordé que era sábado y no tenía trabajo. Me estire en la cama y pensé – me levantaré, prepararé el desayuno, escucharé boleros de mi amigo, el pintor  España, leeré un rato y en la tarde visitare a mis hermanos o iré donde mis amigos habituales.

Soy ingeniero electrónico, y laboro en una prestigiosa empresa,  mi trabajo consiste en  cuidar las sofisticadas  maquinarias de tecnología de punta, lo cual hago como si cuidara a mis propias hijas.

Cuando me disponía a salir al  abrir la puerta, me  llevé la sorpresa más grande de mi vida, ocupando prácticamente la vía, varias patrullas de la policía, camionetas sin placas, vidrios oscuros y gran personal uniformado y de civil, con gafas oscuras, ubicados estratégicamente, vigilaban al frente de la casa, quise devolverme pensando que estarían realizando algún operativo, pero de inmediato uno de estos señores, se me puso al frente mientras atravesaba su pie derecho de forma que evitara el cierre de la puerta.  Me preguntaron el nombre, me solicitaron los documentos de identidad, los cuales pasaron por un pequeño artefacto electrónico que otro llevaba, ante la confirmación de la identidad, fui llevado casi en el aire e introducido en una de las camionetas, donde me colocaron esa odiosa herramienta mal llamadas esposas y en cuestión de segundos todos se pusieron en marcha.

 
Fui llevado a un sitio totalmente desconocido para mí, no sé si  producto del estado de nervios en que me encontraba, o por la celeridad con que los hechos se desarrollaban. En una sala amplia de paredes vacías y  luces escasas, una mesa también vacía destacaba en el centro de la misma, junto a ella dos sillas una de las cuales era ocupada por un hombre cuya cara no pude ver pues se encontraba en la sombra protegido por la pantalla que tenia la lámpara que se encontraba a su lado. Se me ordenó sentarme con una voz aparentemente cordial pero en el fondo autoritaria. Desde ese momento, comenzó mi propio calvario. Dos señores de alta estatura, corpulentos y caras de pocos amigos, prácticamente me arrastraron hacia la silla vacía al lado de la mesa. La  potente  luz  de un reflector surgida de la pared del frente  me dio de lleno en el rostro, haciéndome cerrar los ojos. Los dos “gorilas” antes mencionados colocaron una especie de aro sobre mi cabeza, el cual tenía unas cadenitas y en sus puntas unas pequeñas pinzas con las cuales agarraron mis parpados obligándome a mantener los ojos abiertos soportando la  luz enceguecedora.

 Una voz monótona más bien parecida a la emitida por un robot, me hacia toda clase de preguntas, las cuales no alcanzaba a asimilar debido al sufrimiento que me inferían las torturadoras luces.

No sé cuantas horas duró aquel suplicio, creo que al final termine perdiendo el sentido, parece que el cerebro, en su afán de preservar la vida del cuerpo, utiliza todos los medios a su alcance para conservarla, a final de cuentas cuando hace esto, está preservando la suya propia.

Cuando recobré la conciencia, no pude saber si era de noche o de día, la oscuridad era total, mis torturadores no se habían preocupado en quitarme las “esposas” de las cuales me percaté cuando intente levantarme. Tenía un  inmenso dolor en mis ojos, los cuales sentía pesados tal vez por efecto de la hinchazón de mis parpados. Intentaba  poner mis ideas en orden, por primera vez me preguntaba ¿ Por qué razón me encontraba allí en esas circunstancias? Mi cerebro no lograba poner en claro mis ideas, una serie de conjeturas se atropellaban unas a otras,  parecían el rebotar de las olas que azotadas por una fuerte tempestad golpean en forma incesante contra las paredes de un acantilado, regresándose con el mismo ímpetu y desorden
.
Un fuerte tropel de muchedumbre enfurecida, me sacó de un marasmo que no podría decir si era sueño. Traté de concentrar mi atención para saber a qué se debía semejante barullo, cuyo ruido lograba traspasar las herméticas paredes de mi celda.

Afuera se escuchaban exclamaciones y consignas, poco a poco los sonidos me llegaban con mayor nitidez y comprensión, los manifestantes –eso supuse--, protestaban por la violación de los derechos humanos, por la libertad de prensa y de opinión, en contra de la intromisión Estatal en la privacidad de los ciudadanos que se violaban: interceptando las comunicaciones, los debidos procesos, abusando del  poder exorbitante ante un ciudadano cada día más indefenso y sin ninguna clase de derechos. Contra la mentira oficial, convertida en verdad oficial. Por la abolición de  entes Estatales convertidos en descarada propaganda oficial. Contra la popularidad mentirosa, logradas con encuestas amañadas, pagadas y amplificadas por medios de información masivos, serviles y corrompidos.  Contra la contratación oficial, convertida en el paraíso que envidiarían Ali Baba, Morgan, y todos los piratas del Caribe. Humanizar la salud, que no siga siendo el mero negocio de Centros clínicos, y  monopolios farmacéuticos, en perjuicio de los verdaderos enfermos del  pobre pueblo.  ¡Renovación pedagógica! gritaban  enfurecidos, de una educación que va medio siglo detrás con los tiempos modernos, y modelos académicos copiados de países europeos muy diferentes al nuestro. Por los servicios públicos, los cuales decían, debían ser prestados por el Estado y no dejarlos en manos de comerciantes que solo persiguen  el lucro personal. Por la nacionalización de la banca,  y expulsar a todos estos parásitos que nada producen, pero que como el cáncer todo lo destruyen y aniquilan.

El rumor se hacía más fuerte, mi mente cada vez más débil y agobiada por efecto del dolor, lo sentía retumbar dentro de mi cabeza a punto de estallar, mis ojos trataban de encontrar un punto, dentro de la nada que me envolvía, seguía escuchando en forma vaga, dentro de esos destellos de conciencia, que aun mantenía.

La fuerte voz de una mujer, me hizo volver al presente:  ”Es necesario -decía-devolverle la dignidad a la justicia, que asaltada por rábulas,  le arrebataron la venda que le permitía ser imparcial y la desnudaron para prostituirla”.

 Otra voz se levantó dentro del clamor general exigiendo: “Una democracia real y participativa y no esta democracia de mascarada para beneficio de unos cuantos”.

 Otro gritaba: “Queremos  un congreso de gente digna, no de mafiosos, tahúres, filibusteros y desvergonzados de todas las calañas”.

La voz de un hombre de edad mayor, reposada  pero con acento atronador decía: “Por elecciones libres y democráticas, por gobernantes con tallas de estadistas, que piensen en el ciudadano, en el presente del país y el futuro de sus generaciones, que defiendan su soberanía e independencia y no la  traicionen y la vendan por un plato de lentejas o un puñado de dólares”.

La voz de un joven, que identifique por el timbre de su voz, gritaba indignado: “Oportunidades  para todos, con igualdad de condiciones,  que el trabajo y la educación  no sean  para beneficio de  unos cuantos privilegiados. Un futuro para la juventud, que las niñas puedan ser niñas. Que las mujeres tengan los mismos derechos”.

Una anciana exclamaba: “Que aparezcan nuestros hijos desaparecidos y se investiguen los falsos positivos”.

Un Campesino, alzo su voz y dijo: “Por  una vida digna para el campesino, que se le garantice la venta de sus productos y no queden al vaivén de los comerciantes oportunistas y sin escrúpulos”.

Un Indígena: “Que se reconozca la dignidad de mi raza India, que nos den  las oportunidades a que tenemos derecho, se termine la discriminación y el despojo de nuestras tierras.

  Una mujer: “Que la protección de los niños sea una realidad y no letra muerta de un código sin espíritu”.

Mientras escuchaba extasiado el  sonido atronador de esta multitud de inconformes e indignados, queriendo traspasar las paredes que bloquean la libertad de mi espíritu, dos “gorilas” me sacaron a rastras de aquel lugar,  llevándome a un baño  y al contacto con el agua helada, me hizo despertar de este turbulento sueño…


TOMÁS CASTRO PÉREZ.        (Autor, Junio 1°-2013)


Grupo literario “El Edén”.

domingo, 16 de junio de 2013

A UNA colombiana NUNCA LE DIGAS NO

Dentro de las innumerables historias que han llegado a nuestro conocimiento sobre los países árabes y asiáticos, es digno de destacarse esta breve historia, que cuenta un suceso ocurrido en aquellos remotos tiempos.

 Un famoso sultán, contaba con un harén de más de quinientas esposas y concubinas -era cuestión de prestigio tener el harén  más numeroso- aunque a muchas  de dichas mujeres allí secuestradas ni se les conociera jamás. La madre del Sultán era la persona que dirigía y organizaba el harén según la costumbre de la época. Así las cosas, se había establecido que cada una de ellas se encargaría -a fin de ocuparlas en algo-, de la comida que todos comerían durante el día correspondiente.

 Una de las concubinas, joven, color canela de excepcional belleza, según se decía era  nativa de una colonia suramericana, la cual junto con su familia habían sido atrapados en un barco que se desplazaba  a Europa y los piratas la habían llevado para venderla como esclava, pues su singular belleza la convertía en pieza atractiva para estos señores y por la cual la subasta obtuvo un valor nunca alcanzado por la venta de mujer alguna.

 Como era de esperarse, esta encantadora mujer contaba con ciertos privilegios ante el resto de concubinas, que le permitía  decir y hacer comentarios totalmente prohibidos para otras. Estando en las horas del desayuno, comentó que la víspera había tenido un sueño de cómo preparar un delicioso platillo con ingredientes conocidos en la región, la madre del Sultán de inmediato se pronunció con voz de sentencia: “Debe someterse a las reglas, puede hacerlo el día que le corresponda”. No se dijo más, la joven, incomoda, pues quería aprovechar la oportunidad para impresionar al Sultán que casualmente se encontraba presente, agachó la cabeza y tuvo que soportar las miradas insolentes y llenas de envidia no disimuladas de sus compañeras de infortunio.

 Al terminar el desayuno, el Sultán, en privado con su madre, le sugirió permitir que la nueva concubina les diera a conocer el plato que había soñado, pero ella respondió: “Debe esperar el turno”. Ante la negativa, consiguió se le avisara cuando le correspondiera el turno para estar presente y poder saborear el desconocido platillo.

 Pasaron al menos cuatro meses, cuando llegó el turno de la Colombiana, pues ella había sido de las últimas. Con la debida anticipación se invito al Sultán y todo se preparó para acontecimiento tan especial  que revolucionaria las costumbres culinarias de estos antiguos países- conocer un platillo exótico de una colonia americana-.

El Sultán, esperaba en su sitio de honor, debidamente preparado,  estaba expectante. Cuando se presentó la colombiana, los ayudantes colocaron en el centro de la mesa un ancho recipiente de acero, del cual escapaba un fino humillo por los alrededores de la tapa. Alzando la voz para ser escuchada por el Sultán y todas las presentes anunció: “Quise traerles el platillo que había soñado, pero al no ser posible y como seguí soñando con otros durante varios días, y no tener donde anotarlos, esto me produjo gran confusión al no recordar cuál era el elegido, así que les traje: arepas con huevos”.


TOMÁS CASTRO PÉREZ   ( Autor, Junio 2013)

domingo, 2 de junio de 2013

VIVIR de PABLO NERUDA

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca y no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú

Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando esta infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite, por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.

Muere lentamente quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.

Muere lentamente quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una esplendida felicidad.


PABLO NERUDA- Julio 12- 1904- Septiembre 23- 1973. Premio nobel en 1971.   .

viernes, 31 de mayo de 2013

POSEIDÓN- FRANZ KAFKA

POSEIDÓN  de FRANZ KAFKA. 1883-1924

Poseidón estaba sentado ante su escritorio, haciendo cuentas. La administración de todas las aguas le daba enorme trabajo. Podría haber tenido auxiliares, todos los que quisiera (y los tenía en gran número), pero desde que tomó su trabajo con la mayor seriedad, terminó revisando todos los números y cálculos por sí mismo, y en esta tarea sus auxiliares  constituían una muy pobre ayuda.
No se podría decir que su trabajo le gustara; lo hacía sólo porque le había sido asignado: Ya había pedido un cambio, un trabajo más movido, pero cada vez que le habían ofrecido uno diferente se convenció de que en realidad, lo mejor para él era su situación actual. Además, resultaba bastante difícil encontrar un trabajo distinto para Poseidón. No era posible asignarlo a un mar particular; dejando de lado el hecho de que en ese caso su trabajo solo disminuiría en cantidad, el gran Poseidón solo podría, en esa situación, ocupar un cargo jerárquico. Y cuando se le ofrecía un trabajo lejos del agua, la sola idea lo enfermaba, su divina respiración se alteraba, y su pecho de bronce comenzaba a palpitar.
Por lo demás, sus quejas no eran verdaderamente tomadas en serio; cundo uno de los poderosos se pone fastidioso, lo corriente es hacer esfuerzos aparentes para tranquilizarlo.
En realidad era imposible imaginar un cambio de destino para Poseidón: Había sido Dios del mar desde el comienzo y en ese puesto tenía que seguir.
Lo que más lo exasperaba (y era el motivo principal de su insatisfacción por el trabajo) era conocer las ideas que se tenían de él: Como si siempre estuviera surcando las ondas con su tridente, cuando en realidad, permanecía sentado allí, en las profundidades, haciendo cuentas interminablemente, rompiendo de vez en cuando esa melancolía con alguna visita a Júpiter; visita, por lo demás, de la que generalmente regresaba enfurecido. De modo que casi no había visto el mar; solo lo había contemplado fugazmente en alguno de sus apurados ascensos al Olimpo y jamás había viajado recorriéndolo. Solía decir que lo que él aguardaba era el fin del mundo, cuando, probablemente se le concedería un momento de tranquilidad durante el cual justo antes del fin, y después de haber controlado la última hilera de números,  le sería imposible hacer un rápido viajecito.
Poseidón termino por aburrirse de su mar. Dejó caer el tridente. Se sentó en silencio en la costa rocosa.
Una gaviota, amedrantada por su presencia, volaba en círculos alrededor de su cabeza.


OASIS, de Gonzalo Gallo

OASIS.
Los que acostumbran decir "mañana", están bien lejos de sus metas y muy cerca de la frustración.

Mañana es un término que rehuyen los apasionados y les encanta a los mediocres y los tibios.

Mañana es una palabra peligrosa y gaseosa, es el cementerio de muchos sueños y el freno de valiosas iniciativas.

Mañana suele  ser el refugio de los inseguros y la excusa predilecta de los mediocres y los indolentes.

Mañana es el lema de los fracasados, el canto de los perezosos y el himno de los inconstantes.

En la playa de la vida encontraras la roca firme de los que aman el hoy y los castillos de arena de los que dicen mañana

Por eso ama ahora, actúa ahora y vive intensamente el instante, ya que es el único tesoro.

El ayer es un sueño, y el mañana una ilusión y solo el hoy es real. El mañana es etéreo; Hoy es el día para amarte, amar y ser feliz.


GONZALO GALLO. Columna diaria en el periódico El País, de Calí  .

sábado, 25 de mayo de 2013

viernes, 24 de mayo de 2013

Saludo de bienvenida


GRUPO LITERARIO “ El Edén”
Paraíso del Pensamiento

Un nuevo espacio para el disfrute de las letras,  invita a las personas amantes de  la literatura, las artes y todas las manifestaciones de la cultura a compartir el encuentro literario de los jueves, de

                5:00 P.M a 7:00 P.M.

Lectura y análisis de textos de autores reconocidos en todos los géneros literarios y de los integrantes del grupo.
Bienvenidos, los esperamos, haga sus comentarios. Contáctenos.

tomascperez51@hotmail.com