2.5.5.5.
Encontrarme sentado en
posición flor de loto con esa niña me produjo desazón. Su piel nacarada
transparentaba sus venas, senderos que me fueron conduciendo al interior
alucinante del microcosmos; masas que
funcionan por si mismas, increíbles y oscuros vericuetos, intensos colores. El
gris calculador; el rosado y precioso señuelo, el repugnante jalde. La efímera belleza
sin relevancia alguna ante el universo infinito.
Fluía la vida en
cadencia con el medio: estructuras metálicas, pisos brillantes, alrededores
desérticos, sol canicular. Silencio y soledad. Un estado mental como el
siguiente día de un insomnio o una resaca: Amarillento, traslucido, fastidioso.
Allí estábamos buscando
un poco de sosiego, de serenidad ante la inminencia del fatal destino que solo
conduce al mundo de lo infrangible. Entonces recurrí a la meditación del yoga,
una sombra gigantesca empezó a cubrirnos como el abrazo de un monstruo a la indefensa víctima.
Alguien grito
espantosamente “¡ BEJUCO!” Era la señal. La adrenalina recorrió todo mi cuerpo.
Sabia el significado de ese término en lenguaje cifrado, la B era el numero dos
y la E el número cinco, las otras letras se podían acomodar de a dos pares
adelante o atrás, se refería a una fecha, pero para qué estas elucubraciones,
pensé, si de todos modos se llegaba a la conclusión de que más temprano o más
tarde llegaría este apocalipsis.
De la misteriosa sombra
surgía un zumbido aletargante. Mi corazón empezó a latir débilmente, con un
leve dolor un tanto molesto. Se agolpaban en mi mente apartes de mi vida. Entre
todo este maremágnum veía las portadas de los libros que fueron mis compañeros
inseparables: “La Insoportable Levedad del Ser “, “Siddhartha”, “El Escarabajo
Sagrado”. Trataba de encontrar una explicación metafísica. Nada. La realidad
concluyente: Era la lógica del círculo vicioso de la vida y de la muerte.
Mi mente giraba sin
control por el espacio; desnudo y abrazado con aquella niña. Compartir la suave
calidez de su piel me sumía en un éxtasis.
Me acompañaban los
preludios de Chopin.
Un sueño placentero.
Todo lentamente se
desvaneció….
LUIS ERNESTO GUTIERREZ AGUIRRE (Autor, Mayo 2012)
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