jueves, 20 de junio de 2013

2.5.5.5.
Encontrarme sentado en posición flor de loto con esa niña me produjo desazón. Su piel nacarada transparentaba sus venas, senderos que me fueron conduciendo al interior alucinante del microcosmos;  masas que funcionan por si mismas, increíbles y oscuros vericuetos, intensos colores. El gris calculador; el rosado y precioso señuelo, el repugnante jalde. La efímera belleza sin relevancia alguna ante el universo infinito.

Fluía la vida en cadencia con el medio: estructuras metálicas, pisos brillantes, alrededores desérticos, sol canicular. Silencio y soledad. Un estado mental como el siguiente día de un insomnio o una resaca: Amarillento, traslucido, fastidioso.

Allí estábamos buscando un poco de sosiego, de serenidad ante la inminencia del fatal destino que solo conduce al mundo de lo infrangible. Entonces recurrí a la meditación del yoga, una sombra gigantesca empezó a cubrirnos como el abrazo de un monstruo  a la indefensa víctima.

Alguien grito espantosamente “¡ BEJUCO!” Era la señal. La adrenalina recorrió todo mi cuerpo. Sabia el significado de ese término en lenguaje cifrado, la B era el numero dos y la E el número cinco, las otras letras se podían acomodar de a dos pares adelante o atrás, se refería a una fecha, pero para qué estas elucubraciones, pensé, si de todos modos se llegaba a la conclusión de que más temprano o más tarde llegaría este apocalipsis.

De la misteriosa sombra surgía un zumbido aletargante. Mi corazón empezó a latir débilmente, con un leve dolor un tanto molesto. Se agolpaban en mi mente apartes de mi vida. Entre todo este maremágnum veía las portadas de los libros que fueron mis compañeros inseparables: “La Insoportable Levedad del Ser “, “Siddhartha”, “El Escarabajo Sagrado”. Trataba de encontrar una explicación metafísica. Nada. La realidad concluyente: Era la lógica del círculo vicioso de la vida y de la muerte.

Mi mente giraba sin control por el espacio; desnudo y abrazado con aquella niña. Compartir la suave calidez de su piel me sumía en un éxtasis.

Me acompañaban los preludios de Chopin.

 Un sueño placentero.

Todo lentamente se desvaneció….



LUIS ERNESTO GUTIERREZ AGUIRRE       (Autor, Mayo 2012)  

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