LA CASITA DE
PAJA
Debajo de un frondoso
ciruelo, Martin de 12 años, pidió a su abuelo que le contara la historia que le
prometió tiempo atrás. El anciano, recostado sobre su desvanecido taburete, se complacía con el
fresco de los árboles, y comenzó a
narrar:
En un lugar de
Barranquilla de la década del 60, de espaldas al Rio Magdalena, en la esquina
de la calle almendra y el Callejón de Bocas de Ceniza, ubicada en el Barrio
Rebolo, cuna del balompié colombiano, nació la hoy emblemática “Casita de
Paja”. El origen de esta joya primitiva se remonta a los inicios del siglo XX,
los antiguos dueños la vistieron de bahareque y paja de enea. Comenzó como una
tienda cantina, y con el paso de los años sería considerada como uno de los
principales salones de música en el género de la salsa en todo el litoral colombiano.
Allí, a cambio de una moneda, un moderno traganiquel dejaba sonar los mejores
ritmos del momento. Fue la hermosa época de “bohemios bacanes”, quienes los
fines de semana amenizaban sus noctambulas reuniones al ritmo de guaracha,
boleros, sones de merecumbes; y clanes juveniles imitaban a los galanes de cine
de la época y en un rito de honor hacían respetar su territorio.
Allí surgió una
encarnizada rivalidad entre los “Villalobos” y la “Cortina de hierro”. Existen
dos versiones sobre el germen de esta enemistad: Una dice, que había sido por
un partido de “bola é trapo” que termino en una escandalosa trifulca. La otra,
se dice, que fue por una hermosa mujer. Justo por esos días apareció por la
Casita de Paja un joven de aspecto gallardo, de cabello azabache y copete al
estilo James Deán. Cuando llegó por primera vez al estadero quedó seducido por
la magia del lugar. De ahí en adelante se convirtió en un infaltable visitante,
y no era para menos, su calidad de bailarín lo hizo el favorito de los
asistentes y expertos melómanos. Su nombre era Manrique.
En los días próximos al
carnaval, Teresita Rivera, famosa modista del barrio, con preocupación le
manifestó a Manrique que había escuchado sobre una presunta golpiza contra él.
Manrique dio como respuesta que “ni en el Bronx Casino de Nueva York, lugar de
brabucones, chulos y matones, ninguno me corrió y no hay razón para que aquí me
esconda”.
Llego el domingo de
carnaval. Un sol incandescente caía sobre la muchedumbre apostada sobre los
sardineles de Bocas de Ceniza, que sin inmutarse ante los estridentes ruidos
producidos por pitos, matracas, trompetas y tambores observaba el pletórico
desfile de los disfraces y la simbólica y filosófica lucha entre la vida y la
muerte , alegoría presentada por la Danza del Torito y el Congo Grande. Allí
con sus puertas abiertas estaba como testigo, la Casita de Paja, fungiendo como
actor principal.
Manrique, miembro de
los “Villalobos”, había acordado con su clan, reunirse en el mágico estadero.
Pero por razones que nadie conoce ellos nunca llegaron. Manrique decepcionado
decidió pedir una botella de licor. Mientras en un rincón de la cantina,
Gustavo Alcázar preparaba ron blanco con agua de coco, la efervescencia se
había apoderado de la clientela al escuchar un lirico chande que más tarde sería
considerado como himno del carnaval de Barranquilla: Te Olvidé, del inolvidable
compositor José María Peñaloza. Culminada la melodía, en medio de la euforia,
Manrique llamó a Alberto “el flaco” de la Hoz, administrador y dueño de la Casita de Paja para que este lo
complaciera con un tema musical llamado “la banda” de la orquesta Latín Soul de
Nueva York. Al escuchar la melodía y su celestial coro, saltó de la silla, y
con rápidos movimientos, leves contoneos de hombros y cadera, el bailarín hipnotizó
a los presentes. Su camisa fucsia de satín pegada al cuerpo, sus zapatillas de
charol, resplandecieron en los embelesados ojos de sus seguidores, de quienes
recibió sonoros aplausos. El bailarín agotado regresó a su mesa. Ante él un
hombre disfrazado de mono cuco, con agresiva actitud le exigió que bailara para
él y sus amigos. Manrique ante la agria actitud del tipo se negó a la petición.
Un integrante de la Danza del Torito, de apellido Ramos, al percatarse de la
situación intentó en vano persuadir a Manrique para que saliera del lugar y de
esa manera evitar un conflicto. El belicoso hombre, ante la negativa de
Manrique se levantó de la mesa y con voz estruendosa gritó: “¡Al Sol!” Y sin
más, de su colorido ropaje saco una guaya de acero y con cruento salvajismo
atacó a Manrique asestándole golpes, como ráfagas que laceraban brazos, pecho y
cara del indefenso bailarín (en esta parte del relato la voz del anciano se
quebró y sus ojos se humedecieron). Todo sucedió tan rápido que nadie vio
cuando el agresor huyó en compañía de sus compinches. El macerado Manrique,
tendido en el suelo con el cuerpo lastimado, ahogaba la música con los gritos
de dolor. Fue conducido al hospital de Barranquilla, en el microbús del turco
Jorge, ante el asombro y desconsuelo de los parroquianos. Horas más tarde un
enjambre de borrachos llegaron al establecimiento con la intención de continuar
la farra, pero su dueño en solidaridad con Manrique solo permitió que sonaran
boleros de la Sonora Matancera y de Roberto Ledesma.
El joven quedó
conmovido por el relato del abuelo, y después de un silencio en que el anciano
se perdió en recuerdos, preguntó: “Abuelo: ¿Quién le contó esa historia?” El
abuelo tomó un poco de aire, con mirada fija se llevó la mano al rostro, trató
de levantarse del taburete y respondió: “Hijo…Es que ese día, yo estaba ahí”.
ORLANDO
LOGREIRA (Autor, miembro
del Grupo Literario “El Edén”),Barranquilla Colombia. Este
cuento fue publicado, en la edición No 70, de la revista El Misionero.