sábado, 14 de noviembre de 2015

EL GUSANO QUE QUISO SER MARIPOSA.


Esta historia se inicia una bella tarde de primavera, el viento cálido, susurraba entre las hojas de los árboles, su invisible melodía. Las nubes se desplazan en el firmamento. El sol agonizante, emite sus rayos violetas, negándose a morir. El crepúsculo, sinuoso, reclama el lugar que por acuerdo tácito debe cumplirse.

Las aves, se desplazan presurosas, en grupos, formando figuras en forma de V. Con permanentes y repentinos cambios. Pasan de la retaguardia a ocupar la vanguardia, en forma ordenada, participativa y colaborativa. Cada una presta su esfuerzo, sin egoísmos, en busca del bien común y en cumplimiento del tácito acuerdo.

Mientras esto ocurre en los cielos. En la tierra otro drama se desarrolla. En la rama de un viejo matarraton. Un último rayo de sol, alcanza a iluminar una hoja, la cual emite un extraño destello. Un huevecillo comienza a moverse, es la causa del destello.

El huevecillo, como manipulado por una mano invisible, se resquebraja. Asoman a la superficie, dos pequeñas antenitas seguidas de un lineal y segmentado cuerpecito. La cabecita, gira hacia un lado y hacia el otro. Acaba de nacer, pero su instinto, desarrollado durante muchos años de evolución, le previene, le advierte, debe tener prudencia. Su instinto de conservación prevalece. El gusanito, regresa a su seguro sitio original. Movimiento oportuno, pues en ese momento un pajarillo que busca alimento, pierde su cena.

En la seguridad de su guarida original, piensa… salir a este mundo exterior, no le brinda confianza. Prevé peligros permanentes a su alrededor. Pero una fuerza superior a su instinto de conservación, lo impele a salir de su refugio. Debe cumplir la misión que  le fue destinada en este mundo, al que apenas ha logrado olfatear y ya siente tenebroso.

Debe salir. Tiene que salir. Su cuerpecillo es una frágil y débil figurilla alargada. Necesita imperativamente alimentarse. Ya no cuenta con el alimento, que generosamente en su oportunidad le brindase el cascaron.

Su instinto, lo lleva a buscar la punta de las ramas, donde encuentra las hojas tiernas, recién nacidas de los cogollos. Desplazarse a ese sitio, le exige un esfuerzo descomunal; a pesar de la corta distancia, para él parecen kilómetros.

Días después, el pequeño e indefenso gusanito, se convierte en un gusano grande, gordo, con vistosos y brillantes colores, largas antenas, ojos redondos y vivaces y una voracidad sin límites.
Una ancha hoja, se convierte en su nuevo escondite o vivienda, la cual frunce con filamentos de seda, hábilmente entrelazados.

Una mañana, cuando disfrutaba las tiernas hojas, que abundantemente su árbol le proporcionaba. Un viento inesperado, sacude su árbol con una violencia inusual. El gusano, trata de aferrarse con patas y boca, pero al final, pudo más la fuerza del sorpresivo viento, arrastrándolo, cual hoja seca, sin ruta ni destino. Su sorpresivo “vuelo” termina sobre un verde césped.

Mira a su alrededor, esta desorientado, su corazón, palpita mil veces su ritmo normal. Su cuerpo, expide un olor extraño, hasta entonces desconocido. Se producen reacciones químicas en su interior. Su pigmentación cambia de colores en tonos diversos.

Una tierrerita, se posa en la hierba. Como atraída por un imán prodigioso: Descubre al gusano, que trata desesperadamente confundirse con el verdor del suelo, quiere minimizar su presencia. De inmediato lo atrapa, lo lleva en su pico, para alimentar dos hambrientos polluelos, que en un nido cercano esperan impacientes.

Su cuerpo se contrae, atrapado en las tenazas del ave. El extraño olor, aumenta en intensidad. Un efluvio, gelatinoso y maloliente, recubre su cuerpo, alcanza la lengua de la paloma, obligándola a soltar su presa, llena de repugnancia.

Nuevamente a volar. Ahora en caída libre. Su muerte parece segura. Sin embargo, no se resigna, no se entrega, lucha, estira al máximo su maltratado cuerpo, tratando de planear.
Del alto promontorio, salen pequeños insectos. Estos, lo miran. Inicialmente con curiosidad, mezcla de perplejidad y sorpresa; mueven sus antenitas, en aparente confusión. Intempestivamente, y mediante tácito acuerdo, se lanzan sobre él. El gusano, los mira acercarse en forma agresiva. Avanzan en círculos, que cada vez, se estrecha más.

Sus mecanismos de defensa, nuevamente entran en acción: Sosteniéndose en sus dos patitas traseras y las dos delanteras, encoge su cuerpo hasta formar un arco, para verse más grande, tratando de impresionar. Esta estratagema, no surte efecto, ante un enemigo, que considera su territorio invadido. Su número aumenta,  salen de todas partes y se siguen acercando amenazadoras. El gusano junta sus patitas traseras con las delanteras, formando ahora un círculo. Convierte su invertebrado cuerpo en una rueda, y con un impulso convulsivo, se desliza velozmente por la pendiente ladera del promontorio.

Unas piedras alineadas a lo largo de una hondonada, en cuyo centro se desplaza una suave corriente de agua, detienen su vertiginosa caída.
Bajo la sombra de una roca, recobra el aliento. Mira su destrozado cuerpo, que sangra por múltiples magulladuras, efecto de las caídas y su agitada fuga.

Levanta la mirada, observa una línea negra, delgada, la cual lleva en la punta una especie de garfio. Retrocede, aterrorizado, ante el peligro eminente. Contrae y expande su cuerpo en forma rítmica, tratando de alejarse lo más rápido que sus pequeños miembros le permiten. Pero el garfio, cada vez está más cerca. No hay alternativa. El fin ha llegado. El gusano, que soñó ser mariposa; cierra sus ojos y espera el cumplimiento de lo inevitable. Dentro de unos instantes se convierte en la comida de ese peligroso garfio. Todo ha terminado.

Un extraño aleteo, distrajo al escorpión, y permitió al gusano, seguir con vida. Un sonido, susurrante, bajó, amplificado por el costado de las rocas. El escorpión en forma apresurada, baja el aguijón, y procede a esconderse entre los vericuetos del terreno.

Un día más, ha pasado. El gusano, aun estando rodeado de espesa vegetación. Saciar su incontrolable apetito, y restablecer su maltrecho cuerpo. Se encuentra inquieto. Cualquiera de aquellos árboles o arbustos, podían servirle para su nueva residencia; donde tejerá el capullo que lo mantendrá encerrado durante el tiempo, previamente, establecido por la naturaleza, mediante el acuerdo tácito. Dejar su cuerpo de crisálida y poder cumplir con su sueño y objetivo final: ¡Ser una bella y flamante mariposa!

Sin embargo, entre tanta vegetación, el gusano, se siente solo, triste. Las hojas no saben igual. Siente el llamado de su origen. Añora “su árbol”, sentir esa seguridad que le inspiraba. Ser parte de él. Recobrar el sentido de pertenencia. Ahora, nada  es igual.

Pero el instinto llama. Las etapas deben cumplirse. Su cuerpo comienza a desarrollarse en forma extraña: Gruesos y largos pelos cubren toda su epidermis. Un gris oscuro, remplaza el otrora verde brillante. Crecen protuberancias. Parece, que de un momento a otro, su cuerpo fuese a explotar.
El proceso de la metamorfosis, empieza a desarrollarse. Debe buscar un nuevo árbol, un sitio adecuado, donde tejer su capullo de manera urgente.

Una rama, gruesa, fuertemente unida al tronco, forma un recoveco, bifurcándose en una horqueta. Lo considera un lugar seguro. Decidido, trepa a cumplir su destino. Antes, debe pasar unas ramas, llenas de verdes y frondosas hojas.

Un huracán se desata. La rama es sacudida con violencia. Nuestro gusano, se aferra con todas sus  fuerzas. La hoja en la cual se encuentra rígidamente adherido, se desprende. El viento; cada vez más turbulento, la eleva más y más, hasta convertirla en un lejano punto en el infinito. Y termina perdiéndose. En la nada….                 
               
TOMAS CASTRO PEREZ, Autor, miembro fundador, del Grupo Literario El Edén

                                                                      Barranquilla Colombia.                                                                 

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