Una pareja temporal de hipopótamos, conversan en la ribera del rió. Es tiempo de primavera y la humedad comienza a sentirse en el ambiente.
Un joven hipopótamo se acerca, la hembra, da muestras de asentimiento al nuevo miembro, pero en el macho que conversaba, se produce una reacción muy distinta. Una mezcla de sentimientos, de instintos, de celos, afloran y de inmediato, como llevado por un impulso mágico, sale al encuentro del intruso, que viene a perturbar su tranquilidad e invadir su territorio, que por derecho le pertenece.
Se observan por un instante. Como midiendo sus fuerzas. Las vistas de cada uno fijas en su rival. El dueño del territorio, con la fuerza adicional que transmite el sentirse dueño, comienza a escarbar con su pata izquierda. El invasor tal vez calculando sus posibilidades, se mantiene inmóvil, una parte de él le sugiere retirarse, evadir el conflicto. Físicamente, se encuentra en desventaja, su oponente tiene más altura y peso corporal. Pero, la intrepidez y atrevimiento propios de la juventud, lo mantienen en su sitio, sin mover un musculo, pareciese haberse convertido en una pieza de mármol, igual que los leones en los palacios imperiales romanos.
Eufemio, que es el nombre del local, toma la iniciativa y con toda la fuerza y la energía que generan tres toneladas de huesos, nervios y músculos, se lanza sobre su rival, el cual extrañamente, continua extatico. El impacto es brutal, el joven pretendiente, como despertando de un letargo, huye a toda prisa. Cuando Eufemio regresa, no encuentra a su amiga y procede a sumergirse en el agua. Su temperatura ha aumentado debido al desafio.
Hipotema, es el nombre de la amiga temporal quien, mientras tanto, conversa animadamente con un nuevo amigo, quien al verla la intercepta y muy amablemente se presenta: Le dice llamarse Rinocin, que la ha observado durante varios días mientras pastaba en las riberas y cuando se encontraba sumergida dentro de las aguas del río. La frescura, descaro y picaresco sentido del humor del recientemente conocido, despiertan el interés de Hipotema, quien al despedirse, le dice que al día siguiente a la misma hora, saldrá a pastar y divertirse viendo la variedad de fauna que existe en el lugar.Queda abierta una cita tácita.
La humedad aumenta, Hipotema, observa cambios en su cuerpo: Su color gris ordinariamente oscuro, se palidece y ahora es gris claro. Se ancha su parte trasera y aumenta su temperatura
Pasan los días, Hipotema e Eufemio, legalizan su unión temporal. Ahora son pareja. Eufemio, siente crecer sus derechos de macho. Se desarrolla su sentido de pertenencia. Quiere estar en todo momento junto a Hipotema, quien se niega rotundamente a perder su libertad e independencia. De esa manera continua dando sus paseos solitaria.
Los encuentros casuales con Rinocin siguen sucediendo. Quien con una historia u otra hace que estos parezcan casuales, cuando en realidad no lo son. Son el producto de una metódica y bien estudiada estrategia de vigilancia y seguimiento.
Transcurren ocho meses, Hipotema, tiene un lindo, gordo y lustroso hijo. Este crece y se desarrolla rápidamente. Pero, a medida que se desarrolla el joven hipopótamo, se producen una serie de cambios morfológicos, que si bien al principio no fueron visibles, si lo empiezan a ser ahora. La cara que por lo general es ancha y alargada, en él, luce un poco redondeada, comenzando a vislumbrarse una protuberancia en la mitad de la misma.
Eufemio, quien anteriormente, lucia alegre, desenfadado, todo lo tomaba a chiste,cantaba y reía permanentemente; se convirtió repentinamente, en la cara opuesta de la moneda. Ahora, aparecía triste, melancólico, abatido. Andaba siempre con el seño fruncido, irritable. Largos desvelos dejaron sus huellas. Un rictus cambio su boca, transformándola en una gran C con las puntas hacia abajo. Estaba irreconocible. Consideraba a Hipotema, la responsable de todos sus sufrimientos y amarguras.
Mientras, Hipotema, evitaba su encuentro. Hasta busco otro lugar en el río donde recrearse y
descansar.
Eufemio, se había vuelto insufrible. Reclamaba a Hipotema, y no desaprovechaba oportunidad, para reprocharle e endilgarle ser la causante de todas sus desgracias. Las cuales se sintetizaban en ese hijo, al que todos los demás miembros de la especie, miraban como algo extraño. Convirtiéndolo a él en escarnio publico, y blanco de conversaciones maliciosas de sus hembras, chismosas y mal intencionadas.
Un día, mientras caminaba triste y meditabundo. Con clara intención de poner fin a sus tristezas, pudo descubrir la verdad que todos conocían menos él. Su adorada Hipotema, charlaba animadamente con el amigo que tanto la impresionaba. Ese día descubrió que el tantas veces mencionado RINOCIN...era un rinoceronte.
TOMAS CASTRO PEREZ, Autor, miembro fundador Grupo
Literario El Edén. Barranquilla Colombia
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